"El pobre surrealismo se estrella en añicos contra la realidad de Colombia," escribe Fernando Vallejo casi al final de La Virgen de los Sicarios.
Con esa sentencia sentenciadora de la cotidianidad sangrienta colombiana, varios escritores iniciaron una ráfaga de letras contra los que aunque le trajeron gloria literaria y reconocimiento internacional a la sufrida nación, parecían hacerse de la vista larga mientras los tiroteos y la sangre derramada se convertían en una rutina más increíble que la ficción misma.
Ésta novela, su más conocida y controvertida obra, es la ficción exagerada y alucinante de la polarización a la que se sumió el país cuando el narcotráfico por un lado, y la impotencia del Gobierno por el otro, estremecieron las simientes mismas de la sociedad, alterando su permanencia, al grado de lo irreconocible según Vallejo - presunto, para usar una de las palabras ubicuas en su narrativa, narrador y protagonista - a su regreso a Medellín, después de años de ausencia.
El autor introduce al lector al mundo que lo rodea y pinta en brochazos sueltos y coloridos el encuentro del amor frente a la violencia, el amor capaz no de cambiarlo todo, sino de integrarse a la cruda realidad que lo rodea y lo consume.
Es un comentario social novelesco, salpicado de bipolaridades que se atraen, ambigüedades que se encuentran, antítesis que se asemeja.
Fernando, el narrador, un gramático de mediana edad, a quien le atraen los hombres jóvenes, conoce a Alexis en el cuarto de las mariposas, un antro de encuentros íntimos. Alexis no respondía a las leyes de este mundo, dice el autor cuando descubre intacta su billetera intencionalmente olvidada como poniendo a prueba la honestidad del joven. "Y yo que desde hacía tiempos no creía en Dios dejé de creer en la ley de la gravedad."
Junto a Alexis llega a conocer las 150 iglesias y catedrales "mal contadas," y otras de los cerros de comunas de pobres de Medellín donde "Dios entra con escolta." Es en esos templos donde van los asesinos y otros pecadores no a confesar sus pecados mortales o no, y sí a pedirle favores a los santos.
"...Que este niño que ves rezándote sea mi último y definitivo amor" pediría Fernando al comenzar el libro. En las últimas páginas, como en voltereta de la vida, suplica a las imágenes a que lo encaminen por los senderos de la venganza.
Fernando odia los humanos pobres, que sólo sirven para copular y parir, pero ama a los animales al grado que es capaz de matar a un perro herido para que ya no sufra, pero los múltiples asesinatos cometidos por sus amantes sicarios y de los cuales él es testigo, son motivos de indiferencia. No lo dice así como así, pero parece que el amor y el odio son capaces de cegarlo con igual intensidad.
Y en las vueltas de la vida, como lo que se relega al olvido puede repetirse como en un círculo vicioso, el final de esta novela agarra al lector desprevenido.
Vallejo sabe usar el lenguaje como pocos. Y lo que no sabe, lo inventa. Con la irreverencia que caracteriza a sus libros, lanza dardos envenenados de palabras viles contra las instituciones gubernamentales, sociales y religiosas. Por otro lado, complace al lector explicando modismos y colombianismos con un buen humor que logra alivianar la prosa, utiliza elementos literarios variados y hasta términos ligüísticos originales y entretenidos, alejando La Virgen de los Sicarios de la ficción popular y elevándola a lo que se ha convertido diez años después de publicada: un clásico latinoamericano.